sábado, 16 de marzo de 2019

SAN JUAN DE DIOS, ORACIÓN CONTRA VICIOS, ALCOHOLISMO Y OTRAS DEPENDENCIAS

 
 

Detrás de los actos externos de Juan de total preocupación y amor por los enfermos de Cristo, había una profunda vida de oración interior que se reflejaba en su espíritu de humildad.
 
Estas cualidades atrajeron a ayudantes que, 20 años después de la muerte del santo, fundaron la Orden de los Hermanos Hospitalarios, ahora una orden religiosa mundial.
 
ORACIÓN

Caritativo San Juan de Dios,
santo bueno y benevolente,
te pido intercedas por mí,
para ser fortalecido en mi voluntad 
para dejar esta adicción:

 (Hacer aquí la petición para sí mismo
o para otra persona)

Continuar en este estado.
me aparta de Dios
y me hace daño físicamente,
perjudica a mi familia
y me trae grandes perjuicios en el trabajo,
el hogar y todas las esferas,
y es causa de ruina para mi
y para todos los que me rodean,
que ya apenas me reconocen.

Tú que conoces el lado oscuro del corazón
apiádate de mí y ruega por mi completa libertad,
pues mi adicción es una cárcel cruel
de la que es difícil salir.

Permite que yo tenga el control total
sobre esta dependencia,
que me aparta y aísla de los demás,
y que solo tenga sed de la palabra de Dios.
 
Ilumina mi entendimiento,
para saber que Dios ha puesto en mí
el gran potencial de la voluntad,
para que fortaleciéndola,
no me esconda detrás de falsas excusas
y falsas justificaciones que perpetúen esta adicción,
sabiendo que con Cristo todo lo puedo
y que para El no hay nada imposible,
ni siquiera mi presente necesidad.

Glorioso san Juan de Dios,
confiado en tu poderosa intercesión,
te pido me asistas con toda la ayuda necesaria,
ya sea humana, médica, psicológica,
con todos los recursos de los medios modernos
y tradicionales que Dios ha puesto al alcance mío
en el servicio de la medicina,
así como las herramientas espirituales.

Te pido que yo sea dotado 
de todos los elementos necesarios
para salir victorioso de este problema.

Pido esta ayuda poderosa
para la Gloria de Jesucristo Nuestro Señor. 

Amén.

Rezar Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Que sin los arrebatos de una locura no se puede llegar a la santidad, es evidente. Los cuerdos, según el mundo, jamás llegarán a la santidad heroica. La vida sin complicaciones, sin exabruptos de generosidad, la vida atiborrada de cálculos egoístas -burguesa-, se opone diametralmente a la de los santos. No hay compatibilidad entre los santos y los que jamás abandonan sus comodidades diarias; lo mismo que no la hay entre el volcán y la llanura esteparia, ni entre los héroes, hombres de arranque y los abotargados.


Se explica que los santos tengan que ser locos, locos de remate, para el mundo. Porque eso es la doctrina evangélica la más disparatada locura de tejas abajo y la sabiduría más sublime para los que están tocados de Dios.

Los santos, como los gemas o los héroes, rompen moldes, los moldes de la vulgar ramplonería humana, y por eso chocan con la realidad monótona.

Tienen dinamita en el alma y su generosidad les hace estallar hacia lo imprevisto e inédito.

Pero, ¿qué hacen sino seguir las huellas de Aquel que dio en el máximo de cordura humana, provocando ante la humanidad el más sonado de los escándalos: el de su muerte en una cruz?

No cabe duda, con este hecho comenzó la era de la locura. ¡Bienvenida! En pos de él Siguieron legiones de «chiflados»: los que se dejaron descabezar por amor de Dios, los que abandonaron su patria para difundir el Evangelio entre caníbales, los que maltrataron sus cuerpos hasta convertirlos en piltrafas humanas, los que se abrazaron a los apestados, los que dijeron mil veces no cuando todos dicen sí, y sí cuando la mayoría dice no...

Era el día de San Sebastián de 1537. En la ermita del santo de la ciudad de Granada predicaba el Beato Maestro Juan de Ávila, que, cual otro Pablo de Tarso, se había hecho célebre por sus infatigables correrías apostólicas por Andalucía.

Durante su sermón, atacó duramente contra los Vicios y predicó sobre las virtudes y el amor de Dios.

Un hombre de cuarenta y dos años le escuchaba absorto sin perder sílaba. Era conocido en la ciudad por su tenderete de libros, y en toda la comarca, porque lo veían con frecuencia vendiendo libros, estampas e imágenes por los pueblos.

De repente se oyó un grito en la pequeña ermita abarrotada de fieles: «¡Misericordia, Señor!».

Todos quedaron pasmados ante el hombre que había gritado, y mucho más cuando le vieron darse cabezadas en el suelo, mesarse las barbas y cejas y dar muestras de un profundo dolor y pesar de sus pecados.

Salió de la ermita y se dirigió precipitado hacia su tenderete.

¡Pobrecito, se había vuelto loco! Sus gestos y sus gritos lo manifestaban. Ya en su casa, rompió cuantos libros de caballerías tenía en venta, distribuyó los devotos entre los curiosos que le habían seguido y se despojó de sus vestidos quedándose con lo imprescindible.

Nuestro hombre se confesó, entre lágrimas, con el padre Ávila. Posiblemente, incluso este mismo santo varón sospechó que su penitente estaba perturbado. Pero sus sospechas hubieron de desvanecerse ante las palabras del hombre que tenía a sus pies. Lo consoló y le animó a seguir las inspiraciones de Dios.

Pero el Beato Maestro Ávila tenía que ausentarse de Granada y aquí tenemos a Juan Ciudad (que éste era el nombre del extraño converso) comenzando una vida nueva.

Los vecinos de Granada vieron que las locuras de Juan Ciudad seguían en aumento, se metía en los lodazales y daba saltos por las calles haciéndose el demente. Quería el desprecio. Deseaba que le tuvieran por loco. Y lo consiguió.

Unos días después, Juan Ciudad era internado en el Hospital Real de Granada, donde eran cuidados los que habían perdido el juicio. No podía estar libre por las calles aquel hombre que era la pura carcajada de chicos y grandes, que le corrían e insultaban gritando: «¡Al loco, al loco».

En el Hospital Real estuvo algún tiempo. Los loqueros le trataron mal. Incluso quisieron volverle el juici0 a base de azotainas.

Sobre las flacas carnes de Juan Ciudad cayeron frecuentemente los látigos y los cordeles de los loqueros. Si bien veían en él una demencia singular: se alegraba de los malos tratos que le daban, mientras que reprendía severamente a los enfermeros por la dureza con que se comportaban con los pobres dementes.

Cierto, aquel hombre era un caso clínico sin precedentes...

Años más tarde, toda Granada se conmovería ante la muerte de aquel que fue tenido por loco. Y después de lustros y de Siglos, cuantos leyeran la Vida de Juan sentirían tal vez que las mejillas se les humedecían ante tanto heroísmo.

La estela de sus virtudes fue imborrable y este humilde servidor de Jesucristo dejó a la Santa Iglesia una legión de hijos, émulos de sus virtudes, los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.

Fue beatificado por el papa Urbano VIII, el 21 de septiembre de 1630 y canonizado por Inocencio XII el 15 de julio de 1691.

Ésta es el comienzo de la historia de Juan de Dios, un «loco a lo divino», como lo han sido todos los santos.

¡Que él y ellos nos contagien de su locura!

 
 
 

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