¡Oh María del Aliento!,
cuando supiste lo de Lázaro,
sin duda alguna
comprendiste más y mejor,
avizorando la luminosidad
que el misterio de la revivificación encerraba.
Así, cuando ocurrió
el tránsito del Señor Jesús,
tu Hijo adorado,
tu fe se avivó aún más
y es posible creer
que al ritmo que crecía
la justa y sensible aflicción
tu paz y confianza se agigantaban.
