martes, 5 de marzo de 2019

MAGNIFICAT (ORACION LA MAGNIFICA) PARA PROTECCIÓN DE TODOS LOS MALES


 

ORACIÓN LA MAGNÍFICA
 
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
 
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
por el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.


Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
 
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán
y su descendencia por siempre.
 
Amén
 
LA ANUNCIACIÓN A MARÍA SANTÍSIMA
 
Ambos, José y María, han decidido vivir juntos su vida de virginidad.
 
Dice Williams que «la Vida oculta de Jesús influía ya de antemano en María y José». Y así, tras la apariencia ordinaria de unos desposados vulgares, se escondía nada menos que la preparación del hogar de Jesús.

Es en este momento -sexto mes tras la noticia de la concepción de Isabel- cuando Gabriel es enviado por el Señor
"a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una Virgen que estaba desposada con un varón llamado José, de la casa de David".

Es ahora cuando María está en su cuarto, recogida en silencio y soledad, como un álamo suspirante de pájaros. Y Gabriel, hecho ascua de luz, delante de la doncella, da sus palabras de fuego y de sonrisa.
 
Vendría el ángel vestido de impaciencia. Traía, como flechas en aljaba, las palabras de Dios que disparar al corazón esperante de María. Vendría vestido de prisa y con el vestido rojo del amor. Con la sonrisa misma del Padre:
 
«¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo!».
 
Tú ya sabes, María, que eres llena de gracia. Es el tuyo, Señora, un conocimiento exacto, rotundo, sin pizca de vanidad humana, con plena conciencia de lo que eres. Tú ya sabes que el Señor está contigo, porque seguro que has venido sintiendo estos años su presencia, porque de algún modo Él tiene que haber estado en contacto contigo, aunque sólo sea convirtiendo tu oración en misterioso diálogo. Tú ya sabes que eres la única criatura a quien Dios pueda saludar así, porque, desde Adán, ningún ser humano ha estado lleno de gracia y ha poseído al Señor como tú.
 
«Ella se turbó por tal lenguaje y consideraba qué podía Significar aquel saludo...».

Era ya el presentimiento del gran momento. María se sabe de Dios, pero ¿qué es lo que habrá de exigirla? ¿Cuál será su voluntad?
 
Ni aun María, criatura del Padre desde su concepción sin pecado, es capaz de imaginar los planes de Dios. Por esto se turba María.
 
Pensar en qué manera, Señora, vas a ser utilizada para la Redención, es algo, sin duda, esperado y, sin embargo, capaz de turbar incluso esta alma tuya, que no ha de sentir nunca las oleadas de los hombres. Pero he aquí que ya está el Padre previniendo con exquisito, con delicado amor, el pasmo de María

-«No temas, porque has hallado gracia delante de Dios».
 
María, absorta, tiene ya su corazón en calma. Sabe que es Yahvé mismo quien habla por boca del ángel, y que sus palabras están anunciando su destino, están diciéndole lo que se espera de ella. Aún antes de que el ángel termine de hablar, María está diciendo que «sí» con  todo su corazón.
 
Pero Gabriel sigue:

-«Mira, vas a concebir y dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado HIJO del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de su padre David; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin».

Éste es el momento, el gran momento por el que han suspirado los siglos. Las profecías ya tienen sentido y las palabras empiezan a encajar en sus sitios como ladrillos de un muro. La esperanza misma tiene nombre. Se llama Jesús y viene por los caminos de María, doncella de Nazaret.

Fuera de esta estancia, ya comprendéis, todo sigue igual. Las gallinas siguen picoteando al sol, Jugando los niños en los charquitos de la calle, lejanos los hombres negados al misterio, encerrados, bobos ellos, en su prisa, su olvido, su risa y su ignorancia.

No ha pasado nada fuera de esta estancia. No ha habido lluvia de estrellas, ni se ha incendiado una zarza, ni el sol ha girado en sí mismo, ni se ha eclipsado la luz. Los hombres, bobos ellos, no saben que la Luz ha venido a este mundo. Que la Luz está ya en este mundo, aunque este mundo no la conocerá sino demasiado tarde para advertirla en sí misma.

Pero aún María querrá allanar los caminos. Y pregunta a Yahvé mismo, a través de Gabriel, con la sencilla admiración de su pureza:

-«¿Cómo se efectuará esto, pues yo no conozco varón?».

-«El Espíritu Santo descenderá sobre ti -dice el ángel, explicando lección de teología, aunque casi no hace falta- y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en edad avanzada, y éste es ya el mes sexto para ella, que es considerada como estéril. Porque para Dios no hay imposibles».

María quiere saber. Saber cómo vendrá a ella este Hijo misterioso. Pero María dice su palabra. Para los tiempos de los tiempos, ésta será «la palabra» de María. Ésta será la palabra que simbolice la aceptación gozosa de la voluntad de DlOS: «Hágase». Es el «sí» de la Señora, el «sí» que el mundo espera anhelosamente en medio de su desconocimiento. Los justos que esperan resurrección al paraíso, los hombres de las generaciones precedentes, contienen un momento el aliento para escuchar la voz sencilla y cálida de María, la voz que va a allanar de veras los caminos de Dios:

-«¡He aquí la esclava del Señor! ¡Hágase en mí según tu palabra».

«Hágase». La misteriosa palabra de María en la Anunciación.


 

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