miércoles, 27 de febrero de 2019

ORACIÓN PARA PEDIR TENER UN HIJO A SAN GABRIEL ARCÁNGEL


ORACIÓN

Bendito y generoso Arcángel Gabriel:
Tú, que anunciaste a nuestra Madre
el nacimiento de Cristo
 y la llenaste con la bendición divina,
te ruego de acuerdo a la voluntad de Dios
y en el nombre de Jesucristo,
la bendición para todas las mujeres
que con pureza de alma desean un hijo,
para que llegue a ser el bien en el mundo.

Te pido una bendición especial para:

 
(Decir nombre) …………..

y para el ser que crece (o crecerá) en su seno,
te ruego tu asistencia directa
y el apoyo de todos tus Ángeles
mientras forman su cuerpo,
para que sea sano
y lleno de todas las cualidades requeridas
para sembrar el amor y evitar el dolor
con una vida activa en este mundo físico.



Llena los con tu luz de pureza sin igual,
para que con tu iluminación divina

se eleve nuestra consciencia y manifestemos
solo amor hacia toda la humanidad,
para que tus Ángeles puedan estructurar
un mundo armonioso y lleno de felicidad.

Dios Señor nuestro,
imploramos tu clemencia para que
habiendo conocido tu Encarnación
por el anuncio del arcángel San Gabriel,
con el auxilio suyo
consigamos también sus beneficios.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.
 
LA ANUNCIACIÓN

¿Cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel? ¿Cómo fue aquella aurora resplandeciente para los hombres? ¿Cómo vino el sol tan calladito y se hizo de día sin que los hombres lo supieran?

¿Cómo fue Gabriel imagináis?
 
Es verdad que en los pintores del Renacimiento, como en el veneciano Pennacchi, vemos a María reclinada sobre una silla de oro, vestida de seda y de brocado, en una estancia lujosa a cuyo fondo se desvanece una perspectiva urbana de pináculo y perros fugitivos.
 
Gabriel, en estos cuadros, despliega la gloria de sus alas, llenando la estancia mientras están frescas las azucenas del búcaro, que -como en casi todas las catedrales españolas- son el símbolo de la pureza de María y el recuerdo cristiano de este momento.


 
Gabriel abre su mensaje, sobre la filactelia, donde caracteres aún góticos dejan ante nuestros ojos las palabras mágicas:
 
«Ave María, gratia plena...».

Pero ¿fue así de veras?
 
Lástima que la ley mosaica prohibiese pintar y esculpir imágenes, lo que ha hecho Imposible la existencia de una iconografía contemporánea de nuestra Madre.

¡Si ni siquiera tenemos el rostro de María!. En las catacumbas de Priscila, de principios del Siglo II, está la más antigua imagen de María. Pero en tal estado que apenas si se advierte la figura de María sentada, con el Niño en brazos, morena la piel, las líneas suaves y las cejas pobladas.

En las mismas catacumbas está también la primitiva representación del gran momento. Y censurada por San Juan Crisóstomo, a quien no gustaba que el ángel fuese sustituido por un joven, porque tal restaba sobrenaturalidad a la escena.
 
Un curioso libro del padre Interiam de Ayala, publicado en 1730, señala otros errores, como el herético de Valentino, en el que un cuerpecillo baja al seno de María en el raudal de luz celeste, y critica los fondos de palacios suntuosos, las vestiduras sacerdotales o la avanzada edad del ángel, así como la falta de equilibrio religioso o de dignidades en la escena.

Buscad, si queréis, en la historia de la pintura, de la escultura, de la miniatura... En todo tiempo, y sobre todo durante el gótico y el románico, la Anunciación es el tema más querido de los artistas. Desde las grutas de Brudisi, del Siglo XII, hasta hoy.
 
Llenando el cántaro en la fuente, como en el díptico de Bugatti, o con anteojos y rezando el rosario, que pone a la Señora un pintor andaluz. En las planas y devotas pinturas del Giotto y Fra Angélico, de fray Lippi, de Cosa, de Ferrer Bassa, de Van Eyck...
 
Pero más nos gustan esas devotas y simples Anunciaciones que en los retablos levantinos anónimos, en los pórticos de las catedrales, en los remates de las columnas de los claustros, reviven la gran escena con la simplicidad admirable de una devoción fervorosa.

Pero... ¿cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel?

Bien sabemos que no había reclinatorios de oro, sino esterillas para el suelo, el suelo de tierra apisonada, endurecida, si acaso con algunas losas de piedra.
 
Bien sabemos que no había estancias lujosas, sino una habitación interna, sin luz, o acaso el patio interior de la casa de María, con un brocal para el pozo, una parra para el sol y un poyo de piedra para el cansancio.

Bien sabemos que no había perspectiva de pináculos y torres, ni senderos floridos de setos, sino, en todo caso, la sencilla visión de una callecita aldeana, con gallinas picoteando al sol, balidos lejanos, niños jugando en la tierra, el paso alegre de unas muchachas o el cansino y lento caminar de unos bueyes camino de la fuente comunal.

«El ángel entró a donde ella estaba...».

Sí. María estaba en su estancia, seguramente ese cuartito escaso de luz donde resplandecería misteriosamente la figura de Gabriel, correo de Dios. Como varón, igual que se presentó a Daniel en Babilonia. Su luz, sin duda, hizo ver a María, junto a las palabras, que aquél era un enviado de lo Alto.
 
María tenía su corazón lleno de la esperanza del Mesías. Había decidido consagrarse a la oración. Dar a Dios su virginidad total a cambio de que Yahvé apresurase el envío del que habría de redimir a los hombres.
 
María, llena de suspiros.

Pero un rosal necesita apoyo. Necesita muro que le guarde de los vientos, de la cellisca y de la nieve. Hacía falta el muro.

Hacía falta José. María y José se desposan. José será la sombra ancha y fuerte que necesitarán María y Jesús.


 

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