viernes, 22 de febrero de 2019

ORACIÓN A LOS SANTOS JACINTA Y FRANCISCO DE FÁTIMA PARA RECIBIR AYUDA EN LA SOLUCIÓN DE PROBLEMAS Y NECESIDADES

 
ORACIÓN
 
Bendita Señora de Fátima,
que elegiste a tres pastorcitos pobres y simples,
para dar a conocer al mundo los deseos
de tu Corazón Inmaculado,
ayúdanos a recibir tu mensaje de conversión,
para que liberados del pecado
podamos vivir una vida nueva.

Santos Francisco y Jacinta,
que vuestra breve vida terrenal
no dejasteis de rezar devotamente
por la conversión y el perdón de todos los pecadores
seguid protegiéndonos desde el cielo.
 
Aún siendo unos humildes  niños
fuisteis capaces de ofrecer
grandes sacrificios a la Virgen María
ayudadnos a no desperdiciar
las pequeñas cruces cotidianas
sino a transformarlas en ofrendas preciosas
y agradables a Dios
para la salvación del mundo.
 


De un modo personal, hoy os pido
que intercedáis ante Nuestra Señora de Fátima
para que me preste su favor y protección
y con su ayuda pueda resolver los problemas
y las graves dificultades que encuentro en mi camino.
 
Que no me falten la salud y el trabajo,
para poder obtener mi sustento y el de los míos,
y cobijados bajo su manto
nos sintamos a salvo de peligros y maldades.
 
Nuestra Señora de Fátima,
por intercesión de los Santos Pastorcitos
Francisco y Jacinta,
cuida a todos los niños del mundo,
especialmente a los más pobres y abandonados.

Haz que también ellos encuentren
en tu Corazón inmaculado y materno,
refugio y protección.

¡Santos Francisco y Jacinta,
rogad por nosotros!
 
Amén
 
Jacinta Marto, vidente de Fátima:

En Aljustrel, pequeño barrio situado a unos ochocientos metros de Fátima, nació Jacinta el 11 de marzo de 1910.
 
Era la más pequeña de los tres niños que vieron a Nuestra Señora el año 1917. Contaba entonces siete años de edad. Era de clara inteligencia. Ligera y alegre como una avecilla, siempre estaba. corriendo, saltando o bailando.


 
Los otros dos videntes eran su prima Lucía, de diez años, y su hermano Francisco, dos años mayor que ella. Los tres se entretenían en los juegos propios de su edad, como el de las prendas y el de los ladrones. Cuando se cansaban de jugar, Lucía les contaba historias y cuentos que había oído a sus hermanas.
 
Pero a Jacinta lo que más le gustaba era escuchar el relato de la Pasión del Señor. Esto le producía gran impresión, y exclamaba:
 
—¡Pobrecito de Nuestro Señor! ¡Nunca más cometeré pecados, ya que tanto le hacen sufrir!
 
Un día perdió en el juego y Lucía le ordenó que diera un beso a su hermano. Ella le contestó que por qué no le mandaba dar un beso al crucifijo.
 
—Bueno —le dijo Lucía—, pues descuélgalo y me lo traes. Cuando lo tuvo en la falda, le dijo:
 
—Ponte de rodillas y dale tres besos y tres abrazos.
 
—Eso sí: a Nuestro Señor le doy todos los besos y abrazos que quieras.

Le encantaba contemplar las puestas del sol, y, sobre todo, ver salir las estrellas. Más que el sol le gustaba la luna, porque no quemaba ni cegaba. La llamaba la lámpara de Nuestra Señora.
 
Un año, en la fiesta del Corpus, la dejó su hermana ir en la procesión, vestida de ángel, para que, juntamente con Lucía, lanzara flores al paso del Santísimo Sacramento. Por más señas que le hizo su prima, no arrojó ni una sola flor en todo el trayecto.
 
—¿Por qué no echabas flores a Jesús?
 
—Porque no lo vi. ¿Lo viste tú?
 
—Tampoco lo vi. Pero, ¿no sabes tú que el Niño Jesús de la Hostia no se ve y que lo recibimos en la Sagrada Comunión?
 
—Pues yo le voy a pedir a mi mamá que también me deje ir a comulgar.
 
—Sí, pero el señor cura no te dará la Comunión hasta que no tengas diez años.
 
—Pues tú no los tienes y, sin embargo, comulgas.
 
—Porque es que me sabía muy bien todo el Catecismo y tú no lo sabes todavía.
 
Al igual que Lucía, consiguió salir, con su hermano, a pastorear el pequeño rebaño de casa. Sentía especial predilección por los corderitos, sobre todo, por los más blancos y pequeños. En cierta ocasión, la vio su hermano en medio del rebaño, cargada con uno de ellos.
 
—¿Por qué te pones en medio de las ovejas?
 
—Para imitar a Nuestro Señor, pues así lo he visto en una estampa que yo tengo.

Con las tres apariciones del Angel, pretendía Nuestro Señor preparar la mente y el corazón de los pastorcitos para los graves acontecimientos que iban a suceder.
 
Era el verano de 1916. Los tres niños guardaban sus rebaños en una finca de la familia de Lucía. Habían terminado el rezo del rosario. Y vieron que, sobre el olivar, venía hacia ellos un joven de extraordinaria hermosura, transparente como el cristal. Al aproximarse, les dice:
 
—No temáis. Soy el Angel de la Paz. Rezad conmigo. Y, arrodillándose, inclinó la frente hasta el suelo, repitiendo por tres veces:
 
—«¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, ni adoran, ni esperan, ni os aman».
 
Después, levantándose, añadió:
 
—«Orad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas».
 
Y, dicho esto, desapareció. Otra vez, durante la siesta, jugando los niños en el huerto de Lucía, ven, de repente, al Angel, que les dijo:
 
—«¿Qué hacéis? Orad, orad mucho. Los Sagrados Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios.
 
—¿Cómo hemos de sacrificarnos? —preguntó Lucía.
 
—De todo lo que podáis, ofreced a Dios sacrificios de reparación por los muchos pecados con que es ofendido, y pidiendo por la conversión de los pecadores. Atraed así la paz sobre vuestra patria. Yo soy el Angel de su guarda, el Angel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión los sufrimientos que el Señor quiera enviaros.
 
Estaban otro día, con las ovejas, rezando, rostro en tierra, la oración: «Dios mío, yo creo», etc. cuando vieron al Angel con un cáliz en la mano, y, sobre él, una hostia, de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre. Deja el cáliz en el aire, se arrodilla junto a ellos y les hace repetir por tres veces:
 
«Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Yo os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los tabernáculos del mundo, en reparación de los ultrajes, indiferencias y sacrilegios con que es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y por la intercesión del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores».
 
Después el Angel se levantó, toma la sagrada forma y se la da a Lucía, y reparte el cáliz entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo:
 
«Tomad y bebed el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios».
 
Postrándose de nuevo, repitió por tres veces la antedicha oración: «Santísima Trinidad», etc., y desapareció.
 
Los niños permanecieron largo rato en la misma actitud, repitiendo también esas palabras. Cuando se levantaron, estaban como ensimismados. Y, al darse cuenta de que ya anochecía, regresaron a casa.

Habituada ya Jacinta a este ambiente sobrenatural, tuvo la dicha de ver seis veces a Nuestra Señora. Las apariciones comenzaron así:
 
Era el 13 de mayo de 1917. Cuidaban el ganado en Cova de Iría. Ya habían almorzado, habían rezado el rosario y jugaban a construir casas. Francisco era el cantero y las dos pastorcitas le traían los materiales. En esto, la vivísima luz de un relámpago los dejó sorprendidos, y decidieron volver al pueblo, temiendo alguna tormenta. Bajaban la cuesta, cuando otro relámpago, más fuerte aún que el primero, los hizo detener. Y, delante de ellos, sobre una encina, contemplan a una jovencita, más hermosa que el sol.
 
Como primer ímpetu, intentan escapar, pero les dice:
 
—No tengáis miedo, que no os haré mal.
 
Lucía, más confiada y valerosa que los otros dos, entabló con ella el siguiente diálogo:
 
—¿De dónde es usted?
 
—Yo soy del cielo.
 
—¿Y qué es lo que desea?
 
—Vengo a deciros que, durante seis veces seguidas, el día trece de cada mes, vengáis aquí a esta misma hora. En octubre os diré quién soy y qué es lo que quiero.
 
—¿Yo también iré al cielo?
 
—Sí, tú irás.
 
—¿Y Jacinta?
 
—También.
 
—¿Y Francisco?
 
—También, pero antes tiene que rezar muchos rosarios.

Anunció a los niños que tendrían que sufrir mucho y les aconsejó el rezo diario del santo rosario. Dicho esto, desapareció la Visión.
 
Los niños quedaron muy contentos, porque les había prometido que irían al cielo. Lucía prohibió a sus primos terminantemente decir a nadie una sola palabra de lo que habían presenciado. Pero era un secreto demasiado grande para niños tan pequeños. Jacinta lo contó todo en casa y Francisco confirmaba lo que su hermana decía.
 
Su madre, la señora Olimpia, lo tomó primero a risa. Después les hubiera dado una buena somanta, a no ser por la intervención del padre, el señor Pedro Marto, que comentaba:
 
—Dejemos soñar a los niños. Después de todo, sueñan cosas buenas.
 
Enterada también la familia de Lucía, quedaron todos consternados. En la segunda aparición, acaecida el día de San Antonio, volvió a recomendarles la Señora que acudieran allí el día trece de cada mes, que rezaran el rosario y que aprendieran a leer. Lucía le pidió que los llevara al Paraíso.
 
—Sí, a Jacinta y a Francisco vendré pronto a llevármelos. Pero tú has de quedarte más tiempo aquí abajo.
 
La señora Rosa, madre de Lucía, la llevó a casa del señor Cura para que se desdijera de todo lo que contaba. Francisco y Jacinta la acompañaron, pues le habían dicho a Lucía:
 
—Nosotros iremos contigo y, si nos pegan, lo sufriremos por amor a Nuestro Señor y por los pecadores. Francisco asentía a todo lo que Lucía narraba.

En la tercera aparición, les dijo la Virgen:
 
—Sacrificaos por los pecadores y decid a menudo:
 
«¡Oh, Jesús! Por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de las ofensas que se cometen contra el Inmaculado Corazón de María».
 
Luego les mostró el infierno, y dijo:
 
—Habéis visto el infierno, adonde van a parar los pobres pecadores. Después les reveló un secreto, y concluyó:
 
—No digáis esto a nadie. A Francisco sí podéis decírselo. Luego añadió:
 
—Cuando recéis el rosario, decid al final de cada decena:
 
«¡Oh, Jesús mío! Perdonad nuestros pecados; libradnos del fuego del infierno; llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de vuestra misericordia».
 
El trece de agosto no se presentaron los niños en Cova de Iría, porque el Alcalde de Vila Nova de Ourem los llevó, engañados, a su casa. Como no pudo sonsacarles el secreto, los metió en la cárcel. Jacinta se echó a llorar y ni Lucía consiguió consolarla.
 
El Alcalde aparentó que tenía preparada una caldera de aceite hirviendo.
 
—Ven tú la primera —le dijo a Jacinta—. Vas a ser frita como una pescadilla.
 
—No revelaré nada —advirtió a los otros, mientras se la llevaban. Y la encerró en una habitación, donde la encontraron luego Francisco y Lucía.

El 19 de agosto vieron a la Virgen en Los Valiños. Al preguntarle Lucía qué debían hacer con el dinero que el pueblo dejaba en Cova de Iría, la Señora contestó:

—Haced dos andas. Una la llevarás tú con Jacinta y otras dos niñas, vestidas de blanco. La otra la llevará Francisco con otros tres niños, vestidos también con túnicas blancas. Todo para solemnizar la fiesta de Nuestra Señora del Rosario.
 
En septiembre mandó a los niños que moderaran sus penitencias. Una de ellas era que se ciñeran a la cintura una soga muy áspera, y les dijo que se la quitasen de noche.
 
La aparición de octubre es la más importante de todas.
 
—¿Quién es usted. Señora, y qué desea de mí? —preguntó Lucía.
 
—Soy la Virgen del Rosario. Quiero que en este lugar se levante una capilla en mi honor y que se rece el rosario todos los días... Que no ofendan más a Nuestro Señor, que está ya demasiado ofendido.
 
Luego los setenta mil espectadores vieron el milagro del sol, que daba vueltas, cambiando de color.
 
—¡Milagro! ¡Milagro! —exclaman unos.
 
—¡Dios mío, misericordia! imploran los demás.
 
Los pastorcitos divisan, junto al sol, al Niño Jesús, a San José y a la Virgen del Carmen, con el escapulario en la mano. Jacinta logró salir ilesa de entre aquella multitud, gracias a que un hombre, alto y fornido. la sacó en brazos.

Después de las apariciones, Jacinta siguió su vida normal. Pero tantas visitas recibía, que ella y Francisco dejaron el pastoreo, siendo reemplazados por su hermano Juan. Los tres videntes comenzaron a ir a la escuela. Mas no por eso se olvidaban de hacer sacrificios por los pecadores.
 
Jacinta no se cansaba de inventar penitencias. Daba la merienda a otros niños, comía bellotas amargas y aceitunas verdes y ácidas.
 
—¡No comas eso, Jacinta! — dijo Lucía—. Están amargas.
 
—Es precisamente por su amargura por lo que las como. Así se convierten los pecadores.
 
En otra ocasión, debilitada Jacinta por el hambre y la sed, dijo a Lucía, con la sencillez habitual en ella:
 
—Di a las chicharras y a las ranas que se callen, pues me dan dolor de cabeza.
 
Francisco le recordó:
 
—¡No quieres sufrir esto por los pecadores?
 
Jacinta, sujetando su cabeza entre las manos, dijo:
 
—Sí quiero, sí. Que sigan cantando.
 
Parecía que no sólo aceptaba los sufrimientos, sino que los amaba. Sentía verdaderas ansias de sufrir. Y con el calvario que le quedaba todavía por recorrer. Era ya una verdadera santita. Muchas personas que hablaban con ella, se volvían más piadosas. Y es que veían que actuaba por convencimiento.
 
Un día en que Lucía estaba acongojada por tener que ir a declarar ante la Administración de Ourem, advirtió a su prima:
 
—No te preocupes. Si intentan matarte, diles que Francisco y yo somos lo mismo que tú y queremos morir también.

En septiembre de 1918, cayó enferma Jacinta, al igual que su hermano Francisco. Sintió luego mejoría, pero, muerto su hermano, se le declaró una pleuritis purulenta, por lo que fue preciso internarla en el hospital de Vila Nova de Ourem. Allí permaneció durante los meses de julio y agosto de 1919. Dos veces la visitó Lucía. Al preguntarle si sufría mucho, contestó:
 
—Sí, mucho, pero lo ofrezco por la conversión de los pecadores y por el Inmaculado Corazón de María.
 
Como la enfermedad era incurable y se necesitaban camas para otros enfermos de aquel centro, determinaron volver a Aljustrel. Los forasteros continuaban visitándola. Esto le molestaba mucho, pero a todos ponía buena cara.
 
Un día, llorando, se abrazó a Lucía, y le manifestó:
 
—Prima, la Virgen se me ha aparecido otra vez y me ha anunciado que iré a un hospital de Lisboa. Así que no te volveré a ver más, ni tampoco a mis padres. Después de sufrir mucho, moriré sola. Pero me ha dicho que no tema, que Ella muy pronto me llevará al cielo. Así que reza mucho por mí.
 
—No te apures porque yo no pueda acompañarte. Ha de ser por poco tiempo. Tú piensa siempre en Nuestro Señor y en la Santísima Virgen. Diles con frecuencia esas oraciones que tanto te gustan.
 
—Sí, sí. No me cansaré de repetirlas hasta la muerte. Después las cantaré en el cielo.
 
A mediados de enero de 1920, llegó en peregrinaje a Fátima, el célebre doctor don Enrique Lisboa.

Quiso ver a las videntes, y tanto se impresionó del lamentable estado en que Jacinta se hallaba, que se empeñó en trasladarla a su sala del hospital de Lisboa con el fin de operarla. La ingresaron, primero, en el Orfelinato de Nuestra Señora de los Milagros, que dirigía la clarisa Sor Purificación Godiño, y a la que las acogidas, unas veinte huerfanitas, llamaban cariñosamente «madrina». Permaneció allí Jacinta unos quince días. Se confesó y comulgaba diariamente. Era feliz.
 
Cuando marchó, dejó un profundo recuerdo de sus virtudes; de su amabilidad, de su paciencia, de su modestia y agradecimiento a su bienhechora. Su «madrina» escribió en un cuaderno importantes frases escuchadas de sus labios:
 
«Hay que hacer penitencia. Si los hombres se convierten, el Señor nos seguirá perdonando; pero, si no cambian de vida, vendrá un castigo».
 
«La Santísima Virgen no puede detener más el brazo de su amado Hijo sobre el mundo».
 
El dos de febrero, la trasladaron al hospital de Doña Estefanía. La operaron el día diez, pero, por su mucha debilidad, no pudieron darle cloroformo, solamente anestesia local. Le extrajeron dos costillas, y las curas que le hacían diariamente eran muy dolorosas. La consolaba mucho que su «madrina» la visitara con frecuencia. Una de las veces le hizo señas para que se acercase, y le manifestó:
 
—«Madrina», ya no me quejo. La Santísima Virgen me ha quitado todos los dolores y me ha dicho que pronto vendrá a llevarme con Ella.

En efecto, a los diez días de la operación, llamó al confesor y le pidió también el viático. El sacerdote pensó que podría administrárselo al día siguiente. Pero, a las diez y media de la noche, en el silencio de aquella sala y asistida solamente por su enfermera, voló a la gloria, a contemplar la belleza de María Inmaculada, que ya había vislumbrado aquí en la tierra. Era el 20 de febrero de 1920.
 
 
 

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